Letras I. Sobre Toy Story
- Dalila Flores Castillo
- 26 jun
- 4 min de lectura

A pocas semanas del estreno de Toy Story 5, la franquicia de los juguetes sigue siendo sin duda, una de las más exitosas de la historia cinematográfica y es que ha atravesado muchísimas innovaciones desde el terreno tecnológico hasta el ideológico. La franquicia ha crecido de la mano con la sociedad. Indiscutiblemente.
Ahora, detrás de todos estos cambios, es natural cuestionarnos las razones, ya que nos determinan como individuos y como colectivo. Bien, el estreno oficial de la primera entrega data de 1995, es decir, de hace 31 años. Tres décadas, para más impacto. Al mirar con lupa el desarrollo de estas películas, algo llamó mi atención precisamente porque se coloca en el núcleo de lo que yo investigo, defiendo y sostengo: la música como elemento medular del producto cinematográfico, como aquello que sostiene su continuidad histórica.
No existe una sola entrega de Toy Story cuya música no haya sido escrita por Randy Newman ¿qué nos dice eso? Que directores, productores, dibujantes… vienen y van pero la música se mantiene cual nota pedal, es decir, como constante, como pulso indisociable de toda la franquicia.
La música articula los diferentes procesos históricos por los cuales ha transitado la franquicia configurando un tejido armónico que, si bien lo crea la música, convierte el “hacer música” en algo más que “hacer un arte”, en “hacer cultura”, “hacer postura, visibilidad y política” La distancia entre esos factores en realidad no es tan abismal.
Toy Story se sitúa en un género animado clasificado para público infantil, es decir, algunos pensarán que “es para niños” pero la realidad está muy alejada de eso. En su momento inicial, Toy Story, se dirigió hacia niños de los noventa y hoy en día, estos siguen eligiendo la franquicia, mayormente desde la nostalgia y por otro lado, esta misma, continúa incorporando infancias contemporáneas. En este mapa, la música presenta coordenadas que involucran nuestra percepción de orientación y estado emocional por la activación de los diferentes puntos temporales que atraviesa. Si escuchamos la instrumentación de Newman, podemos distinguir una clara mezcla entre el jazz, una orquestación y música estadounidense como el country, el folk y el western.
La decisión no es al azar pues la historia de estos géneros se desarrolla a lo largo de los aspectos culturales del pueblo en donde dicha historia surge: estos géneros surgen desde la necesidad de enunciar la “vida sencilla de campo” y su merecido espacio en la narrativa colectiva. Dicho conglomerado ideológico resaltaba de manera clara los valores e instituciones del pueblo estadounidense como la familia, el hogar, el territorio, el trabajo…
El hecho de que estos estilos musicales narren la película animada sostiene su origen y los marcos mentales desde los cuales se gesta.
Ahora bien ¿qué pasa cuando esto se extiende a escala global? La imagen de lo que es se transforma y se resignifica en favor del origen.
Quiero subrayar que mi interés no es juzgar el proceso o sus creadores, sino señalar el enorme poder de un producto cultural capaz de resignificar un lenguaje sonoro local en una referencia emocional compartida a escala global. De pronto, la infancia, el liderazgo y la lealtad se escuchan como el jazz, de naturaleza juguetona e improvisadora; se escuchan como rasgueos y punteos en las cuerdas… lo que alguna vez definió a la cultura estadounidense pasó a transformarse en la imagen sonora, es decir, espacial, de la infancia global.
Es ya una tradición mirar a Woody, escuchar el clarinete y pensar en nuestra infancia, nuestro hogar y nuestros lazos más profundos… ¡una “tradición”!
Con este término quiero que regresemos al inicio de esta propuesta. El sonido Pixar como tradición.
Una tradición, no es algo tan sencillo de condensar, en una palabra, o más bien, es una de esas palabras que hay que mirar de cerca para habitarla diferente: la tradición es una operación cultural activa, no una palabra o archivo neutral.
La tradición sirve para legitimar el presente.
Como, por ejemplo, el poder y éxito de la franquicia. Una sociedad selecciona ciertos elementos del pasado porque ayudan a sostener determinadas relaciones con las que hacen sentido de su vida y estas mismas, simultáneamente, sostienen relaciones de poder que orquestan las dinámicas que habitamos como colectivo. En este caso, al ser la música aquella que ha permanecido en toda la línea del tiempo como la constante, es lógico pensar que es el elemento que sostiene ese ángulo de la franquicia y articula su coherencia temporal.
Además, pensemos un poco más allá, hacia la identidad de Disney Pixar, en la tradición del sonido de Disney Pixar, esta se convierte en una red de mediaciones cuyo tejido se entreteje sobre nuestras emociones y la manera en que navegamos diferentes estructuras e instituciones como lo son la nostalgia, la familia y la sociedad.
Vamos siendo visuales, si observamos la cartografía de mediaciones, es más sencillo visualizar la permanencia en la red, darnos cuenta de que lo único constante, es el nodo musical, es este caso, sostenido (mayormente) por los compositores Randy Newman y Michael Giacchino, quienes han diseñado la música para franquicias internas como Toy Story, Monsters Inc., Los Increíbles y Cars (por mencionar algunas). Esto nos dice que el elemento musical es aislado hacia la periferia más allá de colocarlo en el núcleo del producto ¿qué pasaría si descolocáramos las coordenadas de esa periferia?
Si la música ha sido el elemento más estable de la franquicia durante tres décadas, ¿por qué seguimos posicionándola como si fuera un elemento periférico? Tal vez el problema nunca fue la música, sino el lugar desde el cual hemos aprendido a escucharla cultural e históricamente.
Epílogo:
Es probable que en la mayoría de los países latinoamericanos las carreras artísticas no fueran desplazadas hacia un área relegada. Es posible que las grandes compañías televisivas mundiales no suspendieran la transmisión de las premiaciones musicales. Quizá, solo quizá, aquellos que diseñan este trascendental territorio tuvieran más oportunidad de voz en las grandes galas sin ser interrumpidos minutos antes que las otros miembros de diferentes áreas… pero de nuevo, si este mundo girara hacia esos ángulos, quizá la música perdería su poder sutil de organización emocional, después de todo, la mayoría de decisiones humanas, aquellas por las que nos movemos, desde las cuales decidimos cómo nos sentimos, cómo habitamos, donde nos expresamos y desde dónde nos relacionamos nada tienen que ver con el factor emocional…
Quizá sería prudente pensar ¿qué grupos se favorecen este asilamiento y perspectiva?¿quiénes o qué podría verse “amenazado” si [la mirada] el oído cambia?
Unas por otras…



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